Relato #1

ALMAS QUEBRADAS

Ya era de madrugada, el aire frio de la noche le cortaba en la cara. Le llevó más tiempo de lo que había pensado. Partió al caer la noche y ya habían pasado horas. “Tengo que apresurarme” pensó Alice. Sus hermanas ya lo tenían todo preparado hacía rato. Mientras atravesaba los huertos y campos a oscuras la joven se sentía más y más agotada. El saco que cargaba a sus espaldas pesaba demasiado y por encima el condenado no dejaba de revolverse. Pero tenía que llevárselo a sus hermanas a tiempo. Cuando llegase a casa todo cambiaría. “Oh sí, cambiará” dijo entre dientes mientras caminaba. Aún recordaba claramente todo por lo que habían tenido que pasar las tres. Cómo las habían tratado en aquel  pueblucho dejado de la mano de Dios. “Lo pagarán caro, todos ellos…”. Sonrió y apuró el paso. A pesar de estar llena de arañazos y rasguños lo había logrado. Sus hermanas estarían orgullosas.

Bajo la luz de la luna se divisaba ya el viejo caserón de su abuela. Hizo una pausa en lo alto de la pequeña loma, desde la que se podían contemplar la casa y sus terrenos, para tomar aliento. De repente sintió cómo algo se le clavaba en la espalda, a lo que le siguió un dolor punzante. El saco se estremeció de nuevo con fuerza y se le escurrió de entre los dedos entumecidos por el frio. Cayó haciendo un ruido seco al chocar contra la tierra húmeda y durante un segundo permaneció inmóvil. Alice se apresuró a intentar cogerlo pero este empezó a moverse bruscamente. Agarró el lazo que cerraba la boca del saco justo a tiempo para evitar que aquel que había sido su contrincante durante horas huyese a toda velocidad. Cogió el saco con fuerza, se lo echó al hombro y volvió a correr hacia su objetivo. Ya estaba a punto de conseguirlo, de hacer que todo cambiase para siempre.

 Volvió a su mente aquel día, el día en el que todo empezó. Sonó el timbre y Skay fue a abrir la puerta. La policía entró como un rayo y se abalanzó sobre su padre. Lo golpearon y lo esposaron, sacándolo a rastras de la casa. Las palabras del juez y su condena resonaban en sus oídos como si fuese ese mismo día. Pena capital por un delito que no había cometido. Asesinato. Su padre podía ser un borracho, maleducado y violento a veces, sí, pero no un asesino. Vio como Ámber le suplicaba al juez con los ojos llenos de lágrimas, mientras ella y Skay lloraban sin poder parar,  en el banquillo a su espalda. “Lo pagarán”. Se habían quedado solas, las tres. Los servicios sociales no le habían permitido a su hermana hacerse cargo de ellas y las habían enviado al pueblo de su abuela materna, a la que ni siquiera conocían. “Nos tiraron aquí, en medio de la nada, con esta gente, ¡es injusto!”, casi chilló  con la rabia que la invadió de sopetón, pero apretó los dientes y siguió caminando. Al llegar al pueblo todo había ido a peor hasta convertirse en un infierno. El trabajo en el campo, la gente hablando, el instituto,…. Los llantos de su hermana Skay llenaron su mente desplazando las imágenes del juicio por otras en las que la veía desnuda y magullada tirada en medio del pasillo del instituto. Las estúpidas chicas de su clase le tenían envidia porque los chicos se fijaban en ella. Era comprensible, de las tres ella era la más hermosa. Como venganza la habían sacado de la ducha del gimnasio por los pelos, la habían golpeado y tirado en el pasillo después de haber quemado su ropa en una papelera. “Pagaréis por eso con creces, lo juro”.

En estas estaba cuando, sin percatarse de su proximidad, tropezó con el espantapájaros del huerto. Nunca le había gustado, fuese a donde fuese parecía observarla. Alzó la vista y miró hacia la casa. Ya casi estaba. Un poco más. Mientras seguía corriendo apareció en su mente el rostro ceniciento de su hermana Ámber sentada en el cenador. “Jamás olvidaré ese día, nos vengaremos…”. Había llegado temprano a casa ese día y se había encontrado con su hermana allí sentada. Al preguntarle qué había ocurrido la miró con los ojos más tristes que jamás había visto y rompió a llorar. El dueño del bar en el que trabajaba por las noches de camarera al parecer la había contratado sólo para poder propasarse con ella. Y por lo visto esa noche lo consiguió, estaba tan cansada que no pudo defenderse. Ámber aceptó el trabajo a pesar de que desconfiaba de él porque nadie las quería contratar y necesitaban el dinero. “Las hijas de un asesino” decían, “nos robarán” decían. “Sí, os robaremos, más de lo que podéis imaginar”. Una sonrisa de satisfacción recorrió su rostro cuando se encontró frente a la puerta principal de la casa. Entró precipitadamente y llamó a sus hermanas. Ámber apareció por las escaleras.

        -  Llegas tarde, ¡apura!. ¡Por Dios, estás hecha un harapo!, ve a cambiarte mientras Skay y yo nos encargamos del resto.

Alice le tendió el saco y subió a su habitación a toda prisa. Al entrar se vio en el espejo del armario y comprendió que era cierto. Estaba hecha un desastre. Se sacó la ropa a toda velocidad y abrió el armario. De él sacó un precioso vestido rojo de terciopelo y seda que le llegaba hasta los pies. Tenía unas mangas muy anchas que le cubrían las manos, tapando los rasguños y las magulladuras que se acumulaban en ellas. Mientras se lo ponía vio en el espejo el reflejo de la marca de su desazón. Una cicatriz espantosa le recorría la espalda. En su mente empezaban a revolotear los recuerdos del día en que se la hizo, pero se mordió el labio y se contuvo para no recordar. Se recogió el pelo rápidamente y salió disparada por la puerta. Subió las escaleras que llevaban al desván de tres en tres. Al entrar todo estaba listo ya. Había velas por doquier en el suelo, rodeando el gran pentagrama rojo y sus símbolos. Al verla entrar su hermana Skay la saludó con su típica sonrisa. ¡Qué dulce e inocente era!. Sus manos estaban teñidas de carmesí y humeaban. En una mano sostenía un cuchillo y en la otra un enorme gallo decapitado. Su sangre caía en un cuenco colocado en el suelo, en el centro del dibujo.

      -  Colocaos en vuestros sitios, tenemos que empezar ya o será demasiado tarde.


Las tres hermanas se colocaron en sus respectivos lugares formando un triángulo prácticamente perfecto. Una vez en sus puestos Ámber empezó a entonar su cántico y al momento las dos hermanas se le unieron. Las tres hermanas pronunciaron en sintonía las palabras del hechizo, mezclándolas con su dolor para hacerlo más intenso. Frente a ellas una nube de humo negro como el ónice empezó a cobrar vida y a tomar forma. El frío se apoderó de la estancia y una voz ronca les habló. Una fuerte carcajada y un gran estruendo las hizo estremecer… El viento sopló con fuerza, abriendo las ventanas de par en par y apagando las velas. Todo quedó en silencio. El amanecer las alcanzó poco después. Aún de pie. Estáticas. Lo habían conseguido, ahora sería su turno de apoderarse de lo que les correspondía. El precio a pagar era alto, sí, pero estaban dispuestas a pagarlo.

8 comentarios:

*Kuroneko* dijo...

Me gustó mucho el relato ^^ Somos compañeras de apodo, en cierto sentido XD Bueno, espero ver más relatos... (y la historia). Buena suerte~

Koneko-chan dijo...

Gracias koroneko, y sí, somos compis de nombre, jajaja, espero que te sigan gustando ^^. Ya me pasé por tu blog y también me gustó, jajaja ya me hice seguidora.

Elisa dijo...

En cierto modo siniestro, pero me gusta ^^ Está muy bien la manera en la que vas llevando al lector por los recuerdos... Muy buen relato ;)

¡Un saludo!

Koneko-chan dijo...

Muchas gracias Elisa, me alegra mucho verte por aquí. Besos.

Susana dijo...

BRAVOOOOO BRAVISIMO BRAVO

Koneko-chan dijo...

^^ muchas gracias tocaya, un besazo hermosa^^

Loky dijo...

Está muy bien relatado. Es genial, escribes muy bien, casi creía que estaba allí. Besitos

Koneko-chan dijo...

Muchas gracias Loky ^^ eres un sol

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